
El principio inspirador y sensible de El ciego…vino de una remembranza súbita, intrusa, injustificada y atemporal: “La mitología griega es una de formas más hermosas de explicar el universo” recordé que alguna vez le oí decir a una de mis hijas, siendo aún colegiala y tras leer ella la Ilíada, la Odisea, o no recuerdo qué obra clásica, para un trabajo escolar.
Años habrían de pasar desde que mi pequeña concluyera aquello de la mitología, y su frase iluminadora volviera a mi cabeza. Pero lo contundente era los milenios transcurridos desde que los griegos explicaron cosas tan definitivas como el destino, la magia, la adivinación, el infinito y la esencia o alma humana, para que mi pequeña reconociese que nuestra manera de aproximarnos a la comprensión del mundo seguía tan vigente como en la Grecia arcaica. La inspiración entonces estaba servida. El punto de partida era ya sólido. Si por mucho más de dos mil años el azar, las ilusiones, el amor, la inspiración, las corazonadas y otros intangibles han gobernado en gran parte nuestro pensamiento y cultura ¿qué mejor forma que ahondar en nuestro mundo interno y en parte del universo exterior que narrando la vida cotidiana de un personaje mítico o histórico?
Muchos personajes me vinieron a la mente; no estudié con aplicación tantos. Todos eran, eso sí, dignos de novelarse, pero unos eran rigurosamente históricos y fantásticamente legendarios eran los otros. Así es que los personajes de mi lista, por estar en uno u otro bando, me imponían urdir una trama con un estilo literario absolutamente pasional o desarrollar por el contrario una escritura severamente científica; eran las vías obligadas.
Homero fue después de las consideraciones anteriores el personaje que más me atrajo. Era un ser mítico e histórico a la vez. Era un personaje que incluso pudo no existir, según las hipótesis de algunos historiadores. La tiranía del rigor científico no me agobiaría entonces; dado a salvaguardar mi libertad creativa, imaginé que no caería en la servidumbre del método histórico.
La ilusión de “ir por libre” se cumplió a medias. El contexto histórico de Homero era indispensable, riquísimo y tan amplio que aún hay cientos de foros y debates sobre la Grecia arcaica en las cátedras y fuera de ellas, o sea que el método igual se me imponía. En cuanto a la pasión literaria, soy un apasionado impenitente.
“Los discursos recogidos en la obra de Tucidides, tienen criterio de verosimilitud” se dice del historiador griego, y me amparé en ello. Además quedaba a mi favor la definición clara de lo que es la novela histórica. La novela histórica es un subgénero del romanticismo; es ficción implantada en un marco histórico.
Soy un buen romántico, y cuestiono lo lineal y denotativo del historicismo rampante, y desdeño la mirada parcial y tendenciosa, así como la tradición univoca del pasado. La suerte estaba echada: “El ciego…” sería una novela histórica.
Dos años largos me llevaron investigar el contexto histórico de mi novela. La bibliografía que consulté triplica la lista de obras que cito al final de El ciego que nació en siete ciudades, para no abrumar a los lectores de la novela. Todos los libros y artículos que leí fueron iluminadores, para colmo de suerte: disfruté enormemente la mayoría de los textos. Al cabo, hoy por hoy no sé mucho del Homero real, del aedo que loan, denigran o incluso niegan los historiadores, y me supongo tan ignorante como los eruditos del tema, pero tengo la certeza de que el legendario ciego fue tan fiel a sí mismo como lo concebí y desarrollé: narrándole su vida íntima a sus dos hijas.
Escribí tres veces la novela de Homero, luego de la investigación y de acumular cientos de notas de resúmenes históricos que bien sumarian miles de folios. La redacción de las tres versiones se llevó casi mil cuartillas impresas de borradores escritos en el ordenador durante un año y ocho meses, y como bien dice el refrán “a la tercera fue la vencida”. Tenía con la tercera versión el tono que buscaba para mi novela, un tono muy próximo al de las mejores traducciones al español de los cantos homéricos.
Homero no habló castellano, indudablemente, pero fui lo más fiel que pude a la atmósfera y tono de la Ilíada y la Odisea que todos leímos y que aun se reeditan sin modificaciones por su excelente calidad original, por cuanto también las honro en la bibliografía ofrecida en la novela.
“El ciego que nació en siete ciudades” reitero, no habla para nosotros en su lengua arcaica, pues no le comprenderíamos, pero tampoco se expresa en idioma de las súper producciones de cine. Tampoco Homero vive las aventuras de series televisivas, porque no es una novela de aventuras y la Historia no es aquí pretexto para la acción, al contrario es casi una novela de anti-heroica. El lector tiene entonces ante sí una novela con una cosmovisión realista e incluso costumbrista de la Grecia de Homero. Una novela histórica, en conclusión.
Me sentiría compensado con que los lectores disfrutaran tanto como disfruté dándole vida al poeta o como se dice ahora: al canta-autor más grande de la Humanidad.

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