Unas pocas líneas,para honrar a dos personas, entre otras muchas, que me brindan su apoyo, son: Antonio Alviárez, autor de un blog que se puede ver http://www.lacoctelera.com/eltioantonio y Juliana Boersner : http://www.lacoctelera.com/ciberescrituras
A petición las personas que me han llamado y de Juliana Boersner de http://wwww.espacioblog.com/ciberescrituras ,publico un fragmento de mi novela editada por Belacqva y de próxima aparición en España y América.
Homero, como cualquier mortal, agita las aguas empozadas de la memoria, para traer a cuento sus remotos orígenes. Periplos del pasado han de salir a flote diáfanos, tras aplacarse las borrascas y temporales que en toda existencia se desatan, y emergerán con la soltura que el mar sosegado devuelve sus ahogados a las costas. Si Posidón al cabo no pudo con él, justo es que hoy, instalado en hogareña paz junto a sus dos hijas, una de nombre Aurora, pues nació cuando se levantaba la mitológica hija de la mañana de rosáceos dedos, y la otra Circe, bella como la ninfa que inspiró su nombre, se disponga a contar su historia.
Muchas veces Homero recitó sin fatiga centenares de fragmentos de eventos ajenos y distantes cuando eran niñas, y ahora comprende que la ocasión es propicia para exponer, mediando avanzada vejez, los hechos significativos de su existencia en vez de muchos otros acontecimientos, homéricos o pávidos.
Por su parte, las dos jóvenes saben que desde el reciente invierno el padre porfía con los sucesos pretéritos y pasa por alto los eventos recientes de toda la Grecia insular y continental. De manera que anclado en remotos tiempos y complacido con su indiferencia por los que corren, el aedo más grande de la humanidad hilvanará obsecuente su vida trascurrida por decenas de Olimpiadas, medida con la que tasaban cuatrienios en la Grecia arcaica.
Recuerdo... empieza a contar y pone tal énfasis al entonar dicha palabra cuya magia contiene el picaporte prodigioso de la memoria de cuanto va a seguir diciendo, que las muchachas, acatando coherencia y extensión de lo que están por saber, se acomodan a los pies del padre a escucharle con atención………………………………………….
… que por sitio de nacimiento me atribuyeron a Esmirna, junto a la ribera del río de Meles, y por tal justificado fue que me llamaran Melesígenes, según oí de labios maternales.
Eso decía Cretéis, mi fantasiosa madre, despistando la verdadera fecha de mi llegada a este mundo.

Sin fecha por asidero para asignarme cronología propia, los sabios deducirían, por sus ilusorias cuentas, que en el mismo año de mi nacimiento se cumplían más de cien años de la toma de Ilion y otros tantos de la expedición de Jerjes. Además, recordarían los eruditos las famosas guerras contra los persas o medos, como se les decía; y memoria harían del asedio y la destrucción de Atenas y su posterior reconstrucción; y evocarían la alianza con Esparta y la expulsión de los persas de muchos territorios, y el posterior tratado de paz entre medos y aqueos.

Muchos de aquellos episodios parecerán leyenda, empero los confirmaría, diciéndolo, el historiador Heródoto, porque Hecateo, a pesar de ocuparse de la Historia, carecía de método, y Heródoto, considerándose luminaria de la realidad, como lo son en la astronomía la luna y el sol para el mundo, era más fantasioso que mi madre y siempre daría por verdad lo que pocos transigíamos acaso como fábula, siendo los aedos, como fuimos y seremos, fabuladores desmedidos y virtuosos narradores artífices de versos épicos de fructífera imaginación que a rigores históricos no nos atenemos.

El principio inspirador y sensible de El ciego…vino de una remembranza súbita, intrusa, injustificada y atemporal: “La mitología griega es una de formas más hermosas de explicar el universo” recordé que alguna vez le oí decir a una de mis hijas, siendo aún colegiala y tras leer ella la Ilíada, la Odisea, o no recuerdo qué obra clásica, para un trabajo escolar.
Años habrían de pasar desde que mi pequeña concluyera aquello de la mitología, y su frase iluminadora volviera a mi cabeza. Pero lo contundente era los milenios transcurridos desde que los griegos explicaron cosas tan definitivas como el destino, la magia, la adivinación, el infinito y la esencia o alma humana, para que mi pequeña reconociese que nuestra manera de aproximarnos a la comprensión del mundo seguía tan vigente como en la Grecia arcaica. La inspiración entonces estaba servida. El punto de partida era ya sólido. Si por mucho más de dos mil años el azar, las ilusiones, el amor, la inspiración, las corazonadas y otros intangibles han gobernado en gran parte nuestro pensamiento y cultura ¿qué mejor forma que ahondar en nuestro mundo interno y en parte del universo exterior que narrando la vida cotidiana de un personaje mítico o histórico?
Muchos personajes me vinieron a la mente; no estudié con aplicación tantos. Todos eran, eso sí, dignos de novelarse, pero unos eran rigurosamente históricos y fantásticamente legendarios eran los otros. Así es que los personajes de mi lista, por estar en uno u otro bando, me imponían urdir una trama con un estilo literario absolutamente pasional o desarrollar por el contrario una escritura severamente científica; eran las vías obligadas.
Homero fue después de las consideraciones anteriores el personaje que más me atrajo. Era un ser mítico e histórico a la vez. Era un personaje que incluso pudo no existir, según las hipótesis de algunos historiadores. La tiranía del rigor científico no me agobiaría entonces; dado a salvaguardar mi libertad creativa, imaginé que no caería en la servidumbre del método histórico.
La ilusión de “ir por libre” se cumplió a medias. El contexto histórico de Homero era indispensable, riquísimo y tan amplio que aún hay cientos de foros y debates sobre la Grecia arcaica en las cátedras y fuera de ellas, o sea que el método igual se me imponía. En cuanto a la pasión literaria, soy un apasionado impenitente.
“Los discursos recogidos en la obra de Tucidides, tienen criterio de verosimilitud” se dice del historiador griego, y me amparé en ello. Además quedaba a mi favor la definición clara de lo que es la novela histórica. La novela histórica es un subgénero del romanticismo; es ficción implantada en un marco histórico.
Soy un buen romántico, y cuestiono lo lineal y denotativo del historicismo rampante, y desdeño la mirada parcial y tendenciosa, así como la tradición univoca del pasado. La suerte estaba echada: “El ciego…” sería una novela histórica.
Dos años largos me llevaron investigar el contexto histórico de mi novela. La bibliografía que consulté triplica la lista de obras que cito al final de El ciego que nació en siete ciudades, para no abrumar a los lectores de la novela. Todos los libros y artículos que leí fueron iluminadores, para colmo de suerte: disfruté enormemente la mayoría de los textos. Al cabo, hoy por hoy no sé mucho del Homero real, del aedo que loan, denigran o incluso niegan los historiadores, y me supongo tan ignorante como los eruditos del tema, pero tengo la certeza de que el legendario ciego fue tan fiel a sí mismo como lo concebí y desarrollé: narrándole su vida íntima a sus dos hijas.
Escribí tres veces la novela de Homero, luego de la investigación y de acumular cientos de notas de resúmenes históricos que bien sumarian miles de folios. La redacción de las tres versiones se llevó casi mil cuartillas impresas de borradores escritos en el ordenador durante un año y ocho meses, y como bien dice el refrán “a la tercera fue la vencida”. Tenía con la tercera versión el tono que buscaba para mi novela, un tono muy próximo al de las mejores traducciones al español de los cantos homéricos.
Homero no habló castellano, indudablemente, pero fui lo más fiel que pude a la atmósfera y tono de la Ilíada y la Odisea que todos leímos y que aun se reeditan sin modificaciones por su excelente calidad original, por cuanto también las honro en la bibliografía ofrecida en la novela.
“El ciego que nació en siete ciudades” reitero, no habla para nosotros en su lengua arcaica, pues no le comprenderíamos, pero tampoco se expresa en idioma de las súper producciones de cine. Tampoco Homero vive las aventuras de series televisivas, porque no es una novela de aventuras y la Historia no es aquí pretexto para la acción, al contrario es casi una novela de anti-heroica. El lector tiene entonces ante sí una novela con una cosmovisión realista e incluso costumbrista de la Grecia de Homero. Una novela histórica, en conclusión.
Me sentiría compensado con que los lectores disfrutaran tanto como disfruté dándole vida al poeta o como se dice ahora: al canta-autor más grande de la Humanidad.

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